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El poder de Hazlo

Foto del escritor: Amadeu IsantaAmadeu Isanta

Actualizado: 23 mar

Quino había llegado al límite. Durante años, la palabra "hazlo" se había infiltrado en su existencia como una melodía pegajosa y opresiva. Cada vez que alguien se la lanzaba como una daga verbal, algo en su interior se revolvía. No era solo la molestia de hacer lo que otros evitaban, sino una sensación más oscura, más visceral: "hazlo" resonaba en su pecho como un eco venenoso que lo consumía desde dentro.



La primera vez que notó el verdadero poder de esa palabra fue en una tarde de verano. Tenía nueve años y su madre le ordenó:—Quino, ¡hazlo! ¡Barre las hojas del jardín! La palabra flotó en el aire, pero esta vez parecía diferente. Era más pesada, más densa. Apenas salió de los labios de su madre, Quino sintió un pinchazo en la palma de su mano derecha. Miró hacia abajo y vio, con horror, que una pequeña espina negra había brotado de su piel. Era apenas del tamaño de una pestaña, pero estaba allí, de nuevo enterrándose lentamente.


Con el tiempo, cada "hazlo" acumulaba más espinas en su cuerpo. Algunas eran invisibles, otras sobresalían de sus brazos o piernas. Nadie más parecía notarlas, pero Quino podía sentirlas. Pinchaban su carne, perforaban sus pensamientos, lo hacían sangrar por dentro.


A los veinte años, su jefe le dijo en tono imperativo:—Quino, hazlo. Revisa los informes antes de medianoche. Entonces algo cambió. Ya no sintió solo el pinchazo de las espinas. Esta vez, la palabra le dejó un regusto amargo en la boca, como si hubiese mordido un fruto podrido. No lo soportó más. Esa noche, mirándose al espejo, murmuró para sí mismo:—¿Qué pasaría si no lo hiciera?


La idea lo electrizó. Por primera vez, se rebeló. Al día siguiente, cuando alguien le dijo "hazlo", él respondió:—No quiero.


El mundo no se derrumbó. Pero algo extraño ocurrió: las espinas en su cuerpo empezaron a moverse. Como si estuvieran vivas, se deslizaron bajo su piel y se agruparon en su pecho. Sintió un dolor agudo, como si su corazón estuviera siendo envuelto por una zarza.


En sus sueños, apareció un hombre con un sombrero de copa hecho de palabras. Cada hebra del sombrero era un verbo conjugado. El hombre le dijo:—Quino, el "hazlo" no es solo una orden. Es un pacto. Cada vez que obedeces, entregas un pedazo de tu voluntad. Las espinas que sientes son los fragmentos de ti mismo que has perdido.—¿Qué puedo hacer? —preguntó Quino desesperado.—La única forma de detenerlo es encontrar al primer "hazlo" que escuchaste y devolvérselo.


Cuando despertó, estaba decidido a romper el ciclo. Pero, ¿cómo encontrar el primer "hazlo"? Sus recuerdos eran como un laberinto. Recordaba vagamente a su madre gritando en la cocina, a su maestra señalándolo con una tiza, pero ¿cuál había sido el primero?


Empezó un viaje surrealista en busca de su pasado. Decidió visitar a su madre, ahora una anciana que vivía sola en una casa llena de relojes. Cada reloj marcaba una hora diferente, como si el tiempo estuviera descompuesto en esa casa.—Madre, ¿recuerdas la primera vez que me dijiste "hazlo"? Ella lo miró con ojos vidriosos y respondió:—¿El primer "hazlo"? Oh, Quino, eso fue hace tanto tiempo... Creo que fue el día que naciste. Te miré en la cuna y pensé: "Hazlo. Respira".


Quino se estremeció. ¿Era posible que el "hazlo" hubiera estado con él desde su primer aliento? Decidió ir más allá. Consultó a un lingüista que vivía en una biblioteca flotante, un lugar donde los libros se mantenían suspendidos en el aire como medusas en el océano.—El verbo "hacer" tiene raíces profundas —dijo el lingüista, mientras hojeaba un diccionario gigante que parecía vivo—. Pero su conjugación en imperativo, "haz", es especial. En ciertas culturas antiguas, se creía que las palabras imperativas tenían poder mágico. Alguien que te dice "hazlo" te transfiere una carga espiritual.


La revelación lo dejó sin aliento. Quino entendió que "hazlo" no era solo una palabra, era un hechizo. Y él había sido el recipiente de miles de hechizos lanzados por todos a su alrededor.


Decidido a liberarse, Quino se propuso deshacer el hechizo. Siguiendo las instrucciones del lingüista, viajó a un bosque donde los árboles musitaban conjugaciones verbales al viento. Allí, encontró un lago negro como el carbón. En su superficie, flotaban palabras en relieve. Tocó el agua y vio su propio reflejo, pero no era su rostro habitual. Era un niño, el pequeño Quino que había escuchado por primera vez el "hazlo".


El niño le dijo:—Tienes que decirlo tú ahora. Tienes que devolver el "hazlo" al universo.


Quino cerró los ojos y, con toda la fuerza de su ser, gritó:—¡¡¡Hazlo!!!


El eco de su voz reverberó por todo el bosque. Los árboles se agitaron, las palabras en el agua se disolvieron y las espinas en su pecho comenzaron a caer, una por una, al suelo. Por primera vez en años, Quino sintió que podía respirar sin dolor.


Cuando abrió los ojos, el lago había desaparecido. Estaba de vuelta en su casa, pero algo había cambiado. La palabra "hazlo" ya no le pesaba como antes. Ahora entendía que no era la palabra lo que tenía poder sobre él, sino su propia decisión de obedecerla.


A partir de ese día, cuando alguien le decía "hazlo", sonreía y respondía:—Lo haré si quiero.


Y por primera vez en su vida, Quino era libre.



Esta obra está bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0. Para ver una copia de esta licencia, visite https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/©


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