Llevo un par de horas colgado de un árbol sin que nadie se haya dado cuenta de mi nueva situación. No es que me moleste, pero tampoco es la posición más cómoda del mundo para reflexionar sobre las vueltas que da la vida. Además, hay algo profundamente absurdo en todo esto: estoy rodeado de una multitud que, con sobrecogedora cotidianidad, también está colgada de otros árboles, postes y hasta de las farolas de la plaza central. Algunos leen el periódico, otros toman café en tazas que desafían la gravedad, y un par de ellos incluso juegan al ajedrez, moviendo las piezas con una paciencia inquebrantable pese a que están balanceándose ligeramente con el viento.

Lo mejor de todo, lo que realmente desafía cualquier explicación racional, es que no estoy muerto. O al menos no me siento muerto. De hecho, me siento más vivo que nunca. Hay una especie de electricidad recorriendo mi cuerpo, algo que no había sentido ni en mis mejores días en tierra firme. La cuerda está prieta alrededor de mi cuello, lo cual debería ser un problema, pero, por alguna razón, no lo es. Es como si mi cuerpo hubiera decidido ignorar las reglas básicas de la fisiología humana. Y en ese instante me asalta un pensamiento: "Quizás este es el nuevo estado de ser. Quizás la evolución ha decidido tomar un giro surrealista."
—Disculpe —le digo al hombre que está colgado del árbol vecino, un señor calvo con bigote que está escribiendo algo en una libreta mientras mastica un chicle de forma casi hipnótica—, ¿podría ayudarme a bajar?
El hombre me mira por encima de sus gafas redondas, como si le hubiera preguntado la dirección a la biblioteca en medio de un desierto.
—¿Bajar? —pregunta, claramente confundido—. ¿Por qué querría hacer eso?
Y ahí está. La pregunta que resume toda la situación. ¿Por qué querría bajar? Pienso en todo lo que me ha llevado hasta aquí: las malas decisiones, las relaciones fallidas, ese desafortunado incidente con la impresora en la oficina que terminó con un expediente disciplinario. Prometo que, si logro bajar, arreglaré todo aquello que estropeé en el camino. Pero ¿de verdad quiero bajar? Aquí arriba, todo parece tener un sentido que nunca percibí abajo.
—Mire —insisto—, no creo que pertenezca aquí. Esto es... accidental.
El hombre suelta una carcajada que suena como un globo desinflándose.
—¿Accidental? Amigo, nadie está aquí por accidente. Esto es un club exclusivo. Si está aquí, es porque pertenece.
Mientras digiero sus palabras, un pájaro con sombrero de copa aterriza en mi hombro. Tiene un aire distinguido, como si acabara de regresar de una ópera.
—¡Buenas tardes! —dice, inclinándose ligeramente. Su voz es clara y melodiosa, como una campanilla de cristal—. Veo que es nuevo por aquí.
—Supongo que sí —respondo, un tanto aturdido por la etiqueta impecable del ave—. ¿Esto es... normal?
—Definitivamente —responde el pájaro, sacando un monóculo de alguna parte invisible de su plumaje—. Aunque debo decir que su nudo está un poco flojo. Si quiere durar aquí, necesitará ajustarlo mejor.
—¡No quiero durar aquí! —exclamo, pero mi protesta se pierde en el sonido de un aplauso cercano. Alguien está dando un recital de poesía desde la rama más alta del árbol. Cada verso está acompañado por el lanzamiento de confeti biodegradable.
El pájaro suspira, como si estuviera acostumbrado a tratar con novatos desorientados.
—Escuche, joven. Todos empezamos como usted. Confundidos, un poco aterrados, cuestionándolo todo. Pero pronto entenderá que no hay mejor lugar que este.
—¿Qué lugar es este? —pregunto, aunque una parte de mí teme la respuesta.
El pájaro sonríe (o eso creo; nunca había visto un pájaro sonreír).
—Es el Interludio. Un lugar entre lo que fue y lo que podría ser. Aquí no hay juicios, no hay prisas. Solo estamos... colgados.
De repente, una música comienza a sonar desde algún lugar invisible. Es un vals, interpretado por lo que parece ser una orquesta de gatos, todos vestidos con esmóquines diminutos. La multitud comienza a balancearse al ritmo de la música, creando un espectáculo coreográfico que desafía las leyes de la física.
—¿Y si quiero irme? —pregunto, intentando no dejarme llevar por el encanto del momento.
El hombre del bigote deja de escribir en su libreta y me lanza una mirada seria.
—Irse no es imposible —dice—, pero nadie lo recomienda. Es como intentar volver a usar zapatos viejos después de haber probado pantuflas de terciopelo.
El pájaro asiente solemnemente.
—Además, para irse, tendría que encontrar a la Guardiana del Corte.
—¿La Guardiana del Corte? —repito, sintiéndome como un personaje secundario en una novela de fantasía.
—Exacto —responde el pájaro—. Es la única que puede cortar la cuerda. Pero, cuidado, su tarifa no es barata. Tendrá que ofrecerle algo que valga la pena.
Antes de que pueda responder, un hombre en un monociclo pasa rodando por el aire, sujetando una bandeja con cócteles. Me lanza uno con una precisión impresionante, y lo atrapo instintivamente.
—Salud —dice, desapareciendo entre las ramas.
Tomo un sorbo. Es delicioso. Pero también me hace darme cuenta de algo importante: si quiero bajar, si realmente quiero bajar, voy a necesitar ayuda.
—Muy bien —digo, mirando al pájaro y al hombre del bigote—. ¿Dónde encuentro a esta Guardiana del Corte?
Ambos me miran como si hubiera dicho algo increíblemente valiente o increíblemente estúpido.
—En la Raíz —dice el hombre del bigote, señalando hacia abajo—. Pero tenga cuidado. Algunos dicen que quien llega a la Raíz nunca vuelve a ser el mismo.
—Eso suena perfecto —respondo, ajustando mi agarre en la cuerda.
El pájaro me lanza una mirada aprobatoria.
—Entonces, que tenga un buen viaje, joven. Y recuerde: lo importante no es cortar la cuerda, sino lo que haga cuando toque el suelo.
Con esas palabras resonando en mi mente, empiezo a balancearme, impulsándome poco a poco hacia el tronco del árbol. Mi meta está clara, pero el camino es incierto. Mientras desciendo, no puedo evitar preguntarme si, cuando finalmente llegue a la Raíz, encontraré la manera de reparar todo lo que dejé atrás o si descubriré que, tal vez, nunca hubo nada que reparar.
Esta obra está bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0. Para ver una copia de esta licencia, visite https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/©
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