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El vegano

Foto del escritor: Amadeu IsantaAmadeu Isanta

Reconvertido en vegano convencido, Ramiro había decidido abandonar la civilización para abrazar la pureza de la vida salvaje. Se encontraba ahora trepando un imponente árbol, con las manos llenas de hojas desconocidas y los bolsillos abarrotados de bayas de dudosa procedencia. Mientras mascaba con entusiasmo un puñado de algo que juraba ser "la comida de los dioses" —aunque sabía a zapato mojado—, sintió que su sistema digestivo lanzaba un SOS con la intensidad de un concierto de heavy metal.



Los retortijones llegaron como un tsunami inesperado. La fibra acumulada en su organismo, proveniente de todas esas plantas que ni un conejo desesperado consideraría, estaba lista para exigir su tributo. El primer rugido de sus entrañas le arrancó una expresión de pánico; el segundo lo obligó a buscar una salida inmediata. "¡Por el amor de los dioses veganos!", gritó, mientras se sujetaba de la rama como si su vida dependiera de ello.


Sin alternativas, Ramiro tomó una decisión desesperada: con el movimiento de un contorsionista profesional, sacó el culo por fuera de la rama. Lo que siguió fue un torrente de materia orgánica que se precipitó hacia el suelo, impactando con un ruido húmedo que atrajo de inmediato a una comitiva de escarabajos y hormigas. Éstas, agradecidas por semejante festín inesperado, comenzaron un banquete digno de un documental de naturaleza.


Aliviado y con un peso menos —literal y figurativamente—, Ramiro miró hacia abajo y, entre jadeos, murmuró: "Bueno, al menos contribuí al ciclo de la vida." Pero su tranquilidad duró poco. Un par de ardillas lo observaban desde una rama cercana con expresiones que podían interpretarse como un juicio moral severo. "¡También vivís aquí!", se excusó Ramiro, aunque las ardillas no parecían dispuestas a perdonarlo tan fácilmente.


Sin darle más vueltas, decidió que la mejor forma de redimirse era seguir explorando el bosque en busca de nuevos sabores veganos. Mordió un trozo de corteza que pensó que podía ser nutritiva y encontró un arbusto de hojas brillantes que exhalaban un aroma algo sospechoso. "Si huele raro, es porque tiene propiedades medicinales", razonó con una lógica cuestionable antes de llevarse un puñado a la boca.


A medida que avanzaba, sus sentidos comenzaron a jugarle malas pasadas. Quizá fueron las toxinas acumuladas o el exceso de clorofila en su sangre, pero Ramiro empezó a escuchar sus pensamientos en voz alta. "Ramiro, ¡eres un valiente explorador de los sabores olvidados!", decía su mente. Pero otro pensamiento, más oscuro, interrumpió: "O quizá sólo eres un idiota comiendo cosas que no sabes ni lo que son."


De repente, un ave se posó cerca de él y comenzó a hablar. "Ramiro, debes detenerte. El bosque tiene reglas, y las estás violando una tras otra." Ramiro, con los ojos vidriosos, le respondió: "¿Es esto un mensaje de los dioses veganos?" El ave ladeó la cabeza y replicó: "No, sólo soy un cuervo con mucha paciencia. Pero en serio, deja de comer cosas raras."


Sin hacer caso al consejo del cuervo, Ramiro decidió que su misión era mayor que cualquier advertencia. Se encaramó a un árbol frutal que había divisado a lo lejos. El fruto que encontró era de un rojo brillante, tan atractivo que casi parecía artificial. "Ésta es la recompensa por mi perseverancia", pensó mientras daba un mordisco. El sabor era indescriptible, una mezcla entre dulce, amargo y una pizca de metal. "Quizá sea un superalimento", se dijo, aunque inmediatamente desechó la idea cuando su lengua empezó a hormiguear.


Mientras descendía del árbol, un grupo de animales curiosos comenzó a seguirlo. Había ciervos, conejos y un jabalí que miraba con expresión de duda, como si Ramiro fuera una especie de atracción circense. "¡Tranquilos, amigos! Me fundo con la naturaleza", proclamó. Sin embargo, su único traductor —el cuervo— soltó un graznido sarcástico que pareció significar: "Este tipo no tiene ni idea."


La jornada culminó cuando Ramiro encontró una planta que juró era la madre de todas las ensaladas. Sus hojas eran enormes y de un verde que parecía radiactivo. "Esto va a ser histórico", pensó, mientras arrancaba una hoja y se la llevaba a la boca. Lo que no sabía es que aquella planta tenía efectos alucinógenos.


Minutos después, Ramiro estaba convencido de que había descubierto un portal a otra dimensión. Los árboles le recitaban secretos, los insectos cantaban en armonía, y el cielo se llenó de colores imposibles. "¡Soy el elegido para llevar el mensaje vegano al mundo!", exclamó, mientras bailaba en círculos y se coronaba con una guirnalda de hojas.


Finalmente, cayó exhausto en el suelo, con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Los animales se acercaron con cautela. El cuervo, con algo de piedad, graznó: "Quizá no sea el peor humano que he visto, pero definitivamente es el más raro."


Cuando despertó al amanecer, con la cabeza llena de ramas y el estómago rugiendo nuevamente, Ramiro miró al horizonte y prometió: "Hoy probaré hongos." El bosque, que había sido testigo de su odisea, pareció suspirar colectivamente, preparándose para otro día de caos.



Esta obra está bajo licencia CC BY-NC-ND 4.0. Para ver una copia de esta licencia, visite https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/4.0/©


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